Frente al escritorio, se llevó los dedos en punta hacia la sien y dio los buenos días. Del otro lado de la mesa, meciéndose con ansiedad en una silla, el hombre de bigotes lo estudiaba a la espera del parte.
—Buenas tardes, mi capitán —saludó.
Al capitán le picaban los huevos, hacía mucho calor en la habitación, pero debía mantener las formas: su rango le quitaba toda posibilidad de andar pellizcándose las pelotas frente a los subordinados.
—Corte la formalidad y vaya al grano, soldado, que no me aguanto la calor.
El que estaba de pie puso los brazos paralelos al cuerpo y golpeó los tacos antes de distender la postura.
—Tenemos los primeros resultados. La droga funcionó a la perfección.
El capitán se peinó fugazmente un lado del bigote y sonrió con regocijo.